Parece que el escultor Alfonso Ortiz Remacha ha dejado de lado por un momento su devoción por los dioses mediterráneos, tema central de sus pasadas exposiciones, para centrarse en Eros y la mujer con este título tan rodiniano como es “El ídolo eterno”, que puede verse en la Galería Itxaso de Zaragoza hasta el próximo 21 de enero.

La savia que nutre este desfile de escenas escultóricas no es sino la “femme fatale” de los simbolistas, la adoración a la mujer por antonomasia que encarna la belleza en la literatura y el arte.

Nieto e hijo de artistas, con una férrea vocación artística y creadora, la escultura de Alfonso Ortiz Remacha se asienta en una formación larga, en un oficio académico sólido y en un prolijo interés intelectual.

En esta muestra nos aleja conscientemente de la frialdad de lo geométrico y de los artistas seguidores de la línea de Ducham, trabajando en la modernidad clásica de Lehmbruck y Kolbe. Pero en el espíritu clásico de sus obras también se aprecian briznas de abstracción y de surrealismo,  como en el caso de la obra “Bajo los párpados”, donde se puede sentir y tocar el momento onírico de una mujer, con su cabeza sembrada de torsos enroscados, fusionándose el modelado de los detalles con los cuerpos sin terminar.

Especialmente devoto de las anatomías del torso, renuncia en numerosas ocasiones a la cabeza y las extremidades para no comprometer la claridad y la unidad rítmica de esa parte central del cuerpo.

Amante del modelado, no esconde las huellas que dejan las herramientas sobre sus obras, más aun, las utiliza como parte de la textura de la superficie, muchas veces acompañada de pequeños coágulos de material, creando así una riqueza de texturas que producen sensaciones táctiles muy diversas.expo2

En esta muestra vemos a sus mujeres delgadas, casi sutiles, recordándonos un tanto a Giacometti en el estiramiento decidido de algunas de sus figuras como las Ninfas. Son el soporte de una imagen idealizada de la mujer que encuentra su total realización en la inclinación de la cabeza y en su rostro de mirada introvertida.

Alfonso experimenta con terracota esmaltada en negro y en el vaciado en yeso recubierto con varias capas de patina blanca o negra con toques azulados.

Para expresar el movimiento Alfonso utiliza la acción antes de iniciarse. Es ese momento previo a la acción la que acentúa la tensión, lo que se consigue mediante el tratamiento rítmico de las propias esculturas. Una sensación de movimiento que implica también al espectador, y le incita a que gire y se mueva en torno a ellas y a que las descubra. No son torsos femeninos rígidos, sino palpitantes de vida. La sensualidad envolvente de sus líneas curvas rematan un trabajo que afirma con sinceridad la continuidad de la escultura.

Una muestra, en definitiva, en la que Alfonso ha querido subrayar su apetencia por lo académico pero siguiendo su propio yo artístico. Todo un freso poético de elegantes siluetas femeninas.

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